AGAMENÓN
Te cansaste de esperar, de arrastrar el corazón por la tierra, de darle golpes contra las piedras, dejando surcos y ocultando el rostro. No son culpas, sino deberes. Ella sabía a lo que se enfrentaba. Era una niña terca, y las niñas tercas sólo aprenden a golpes, cuando les rompen el corazón. Las usan hasta rasgarlas como las velas de un barco, y eso hicieron con la nuestra. Estoy cansado de pensar que esto es inamovible, como la muerte o la extinción del sol. Deja de mirarme así y no vuelvas a levantarme la voz. Los padres no deben discutir frente a sus hijos.

Tu rostro se ilumina y enciendes todas las luces de la casa. Como dos perros que se huelen, nos volvemos a encontrar porque yo soy aquel que hizo lo impensable al cumplir con su deber y tú eres aquella que espera sentada, en el marco de la puerta. Este es el juego que juegan los amantes. Gastamos nuestras tardes dibujando mapas de carreteras ciegas que no llevan a ninguna parte. Paisajes verdes, enormes, donde enterrábamos minas antipersonales y trampas para osos. Sembrábamos todas las formas posibles de hacernos daño y luego caminábamos a ciegas, desconfiando a cada paso. Y me decías: “esto, querida, esto va a ser para siempre”. Y sonreíamos, porque eso hacen los condenados. Cuando las causas se combinan, se crea el destino y yo oculto el rostro como un sol. Mis manos limpias, el puño en alto. Todas las fotos de mi hija. El cielo enfermo. La voluntad. Yo soy quien limpia su pieza aunque sé que nunca va a volver. Y yo soy la última roca que sostiene sus recuerdos. Y éste es el juego que juegan tus amantes. Yo, la última roca que sostiene sus recuerdos. Pisa con confianza, si caes yo te tomaré. Humo de antorchas a lo lejos, y tú eres incapaz de imaginar la muerte estando vivo.

 

HOMBRES QUE CAZAN LOBOS CON LAS MANOS
Le prendí fuego al bosque y me dejaste hacerlo. Te dije que no se saldría de control, pero aquí estamos: huyendo de los muros incandescentes y las oscuras barreras que nos aprietan el corazón. Bajo con cautela la ventana del auto pasar por la carretera y, a lo lejos, puedo ver un venado arrojándose al despeñadero. Lo veo dar vueltas y azotarse contra los filosos bordes de piedra. Se le abre el cráneo antes de caer al agua, para luego ser tragado por la enorme bestia negra. Y ya no sé si es mi tormenta o el humo o el mar quien me ha hecho olvidar tu rostro. Intento pensar en ti, pero detrás de mis párpados no hay imágenes. A lo lejos, el fuego. Y sobre mi cabeza, nubes densas. Oscuras. Masas de humo del color de mis recuerdos.

Avanzo por la vida haciendo trizas todo lo que por casualidad tocan mis manos. Y esto, ¿acaso vas también a destrozarlo? Contendré las llamas que se escapan. Guardaré silencio sobre aquello que sabemos bien. Puedo ver animales que se arrojan al acantilado y rompen sus cabezas en las rocas. Y ayer, te extrañé por primera vez en serio. Raíces brotan de mis manos. Ponte bajo la luz para ver si logro recordar tu rostro, porque es mentira la misericordia y la eternidad se ataca de frente. Por las noches sueño todo en negro. Soy aquel que susurra en tu oído: “ensúciate las manos, ensúciate las manos”. Y ayer, lloré por primera vez en serio. Escupo bendiciones y disparos, carcajadas a medio dibujar. Raíces brotan de mis manos. Ponte bajo la luz para ver si te recuerdo y ensúciate las manos.

 

LA LIBERTAD ABSOLUTA Y EL TERROR
Una vez, cuando niño, miré con sorpresa cómo mis vecinos rodearon a un pequeño pájaro que se había caído del nido y pedía ayuda con desesperación. Los niños sonreían y lo pateaban en el suelo. La cabeza de aquella pequeña ave era golpeada con furia por unos niños que no tenían nada mejor que hacer. Si me concentro, aún puedo verlos. Escuchar sus risas. Lo azotan hasta reventarlo por dentro y yo pienso que nadie puede ser capaz de tanta maldad. Lloro, porque eso hacen los niños cuando se enfrentan a la complejidad de manera estética. Es lo que hacemos también los adultos cuando queremos cambiar nuestra vida pero sabemos que ya es demasiado tarde.

Desde arriba, nuestras sombras se parecen a gente oscura que camina sobre cuerpos en el suelo. Horizontes planos. Trampas en los pies. Desde arriba, pareciera que todavía me ama. No es que ignoremos tu frío, pero siempre te quedas las chaquetas que te prestan. Le he puesto una serie de muros a los muros, y entre tu falta y presencia hay sólo diferencia estética. Padres llorando a sus hijos, diciendo que qué locura es esta que hizo mi niñita de arrojarse a la tumba antes que yo. El tornado que está hecho de recuerdos empieza a tomar forma y rasga el cielo, comenzando a engullir la escenografía. Árboles y casas y animales encerrados, y yo observo pájaros negros que cruzan el cielo y se los traga el huracán. Aves muertas que giran. Una economía de pájaros e ideas que nunca dejé atrás, que nunca supe dejar. Me aferraba a todo lo que caía en mis manos. Coleccioné los objetos como si fueran correas de seguridad. me llené todo el tiempo de cosas y de rutinas, de los distintos caminos que tengo para volver a mi casa. Y ahora que el tornado me traga y ya no tengo dónde refugiarme, ahora que todo gira descontroladamente y veo el mundo del tamaño de los mapas… visto desde arriba, pareciera que aún te extraño. Perdóname por ignorar tu frío, pero siempre te quedas las chaquetas que te prestan. Le he puesto una serie muros a los muros, y entre tu falta y presencia hay sólo diferencia estética.

 

OPERACIÓN COLOMBO
La crueldad es algo que se aprende. Son los gestos que vienen en todos los tamaños. Desde las pequeñas palabras afiladas, a las formas que tenemos de despertar en subterráneos oscuros, celdas clandestinas o bañeras manchadas con sangre. Es el silencio de los vecinos y la tinta en los diarios: negra como el mar que intenta tragar animales, cuerpos mutilados y esas noches donde lo habíamos perdido todo. Recuerdo sólo vagamente, dijo. Somos los que borran para seguir adelante, porque la crueldad es algo que se aprende. Olvidamos el lugar exacto. De la misma manera en que olvidamos los modales, las caricias y el llanto de los hombres que nos rogaron tuviéramos un atisbo de piedad.

¿Por qué apagas la luz antes de besarme? Ese tipo de gestos hacen imposible confiar en ti. Tinta como sangre negra: “exterminados como ratones”. Los mares no podrán limpiar mis manos, tus manos. ¿Por qué apagas la luz antes de besarme? Nunca fui cruel cuando niño. Nunca fui cruel cuando niño, nunca le arranqué las alas a las moscas. Y ahora nuestras manos rojas manchan nuestros corazones blancos, y este cielo falso es sólo un decorado. ¿Por qué apagas la luz antes de besarme? Nunca fui cruel cuando niño.

 

COÉFOROS
Se rió con un cigarro en la boca, mientras leía aquella gastada fotocopia de Juan Rivano. Tu problema es que te quieren más de lo que tú quieres al resto. Botó las colillas en el cenicero y me dijo que el olvido es la mezcla entre saber y no saber. El único que queda vivo para contar la historia de un combate es el vencedor, así que la historia patria es un objeto editado, un mito de origen que busca mantener instituciones. Todos los mitos necesitan arder en el suelo. ¿Y qué pasa con esto, hermano?, le pregunté. ¿Acaso vamos a tener que derribarlo, también?

La tormenta me gritaba: “hace, sufre, aprende”. Nunca le arranqué las alas a las moscas. “Hace, sufre, aprende”. He soñado con tocar tu puerta, pero tengo miedo de encontrarme con tus ojos, y yo no puedo hilar palabras. Mi cabeza enferma me susurra… Y está bien si no me recuerdas, a veces yo mismo olvido mi rostro. Alguien le ha prendido fuego a los pozos petroleros de mi afecto y columnas de humo negras tocan el corazón del cielo y dicen: “hace, sufre, aprende”. Y no puedo hilar palabras. Ya no puedo hilar palabras. Mi tormenta enferma me susurra: “hace, sufre, aprende”. “Hace, sufre, aprende”. No puedo hilar palabras. Ya no puedo hilar palabras. Mi cabeza enferma dice: “mi tormenta enferma me susurra”. Mira estas redes manchadas. Acantilados calinosos y animales encerrados que sangran.

 

SERPIENTES LACTANTES
Pones la aguja sobre ese disco que nuestra madre enterró en el jardín cuando llegaron los militares y sacó de la tierra casi veinte años más tarde. Cantas con fuerza y me pides que lo hagamos juntos. Pero guardo silencio a tu lado, como un cobarde. Me dices júramelo. Júrame que seremos capaces de entonar algún día, con voz clara, nuestro himno de victoria. Estamos hechos de pólvora, hermana. Nuestros corazones no pueden encenderse porque acabaríamos reventando. Estamos condenados a soportar el tiempo con la calma de los perros que lamen sus heridas, limpiando nuestras tristezas con la lengua.

Frente a mí, un salón a oscuras. Habla más fuerte. Susurras todo el tiempo como si intentaras desaparecer. Los vivos suspiramos y los muertos sueñan con negrura, con la noche roja en los costados. Es el juego que juegan los amantes. Amaneció llorando un mar entero. “Estás temblando”, me dice la voz. “Estás temblando como un estúpido”, me repite. Y tiene tanta razón. Tengo el estómago vuelto hacia fuera, ya ni siquiera puedo sentir mis manos. El sol me quema la piel se me pone negra y voy dejando marcas en el suelo cada vez que pienso en ti. ¿A quién crees que impresionas, soportando el frío con dulzura, luego de este abrazo entre hermanos? Tengo el alma llena de banderas. El sol me quema la piel se me pone negra y voy dejando marcas en el suelo cada vez que pienso en ti.

 

INSTINTOS E INSTITUCIONES
Toda experiencia presupone un medio ambiente. Mientras más perfecto es el dominio de un instinto, más aparenta ser irreductible y pertenecer a la especie. Es de noche porque dormimos y es la cena porque comemos. Las tendencias sociales son medios sociales de satisfacer tendencias. Las instituciones imponen modelos y proyectos. El instinto del hambre se convierte en la demanda institucionalizada por el pan. La estética del fenómeno dibuja la experiencia. La alegría tiene la forma de esas vacaciones donde aprendiste a nadar. El miedo se parece mucho al momento en que tu padre volvió con las manos manchadas de sangre. La desesperación se instala bajo el mito institucionalizado de la obediencia. Al final, sólo nos quedan las maneras de obtener satisfacción.

Levanta un muro enorme, del tamaño del reflejo de tu padre en la ventana. No te molestes, yo pagaré la cuenta. Es lo mínimo que puedo hacer, en vez de darte una disculpa. Yo no he sido, fueron mis manos. Sueño con negrura. Gritos, golpes, animales encerrados, camas con electricidad. “Todo está bien. No has hecho nada malo. Ha sido por un bien mayor.Todo está bien. No se habla de estos temas en la mesa”. Pájaros que giran. Inviernos negros vistos desde arriba. La soledad en los campos de algodón. Enciende de una buena vez la luz antes de besarme y deja de llorar cada vez que vuelvo a casa. Comienza a pulir la copa que ganaste en el colegio. Mi padre estaría orgulloso, diciendo: “ese es mi campeón”. “Y todo está bien no has hecho nada malo”. Fueron mis manos torpes, tristes, rojas. Y esto no es nada personal. Nos aferramos a lo poco que creemos que vale la pena mantener a flote: nuestro niños imaginarios, limpios, nuevos. Y estos corazones demasiado blancos. Porque nuestro corazón es un animal de carroña, señora, que se alimenta de alegrías muertas. Y nosotros, que perdemos el tiempo escavando la tierra y olemos sus recuerdos. Al fin comprendo por qué te quedabas con todas sus chaquetas. Y es que el frío nos cala los huesos y su olor se pierde, de la misma forma en que se pierden sus recuerdos. Tengo el alma llena de banderas. Y el frío cala como calan los huesos, y su olor se pierde de la misma forma en que se pierden sus recuerdos.

 

DESOQUEDAD
Cuando estaba embarazada, lloraba por las noches. Desde la ventaba del subterráneo podía ver la rama de un árbol. En el pasillo había una lámpara llena de polillas muertas. Por las noches me preguntaba que qué locura es esta donde somos dos pequeños lobos entramados, sangrando al borde de un acantilado. La piel abierta. La rabia tragada a golpes. La dignidad de apretar los ojos, tratando de aguantar esta vida que se nos desliza sin esfuerzo. A qué clase mundo voy a traerte, me preguntaba, donde los lobos agonizamos amarrados. Y me preguntaba cómo limpian sus heridas aquellos los animales que ya no pueden ni moverse.

Dicen que murió gritando con las manos amarradas y en la espalda y sus ojos infinitos se quedaron ciegos. Pero mis muertos a nadie le interesan. Me he vuelto experto en forzar puertas abiertas. Su nombre lo llevo colgando como una cadena y al avanzar yo voy dejando surcos, heridas en la tierra. Con las manos limpias, el corazón sin rabia. Sólo tengo dentro una pena negra. Como las columnas de humo que perforan el cuerpo herido de mi país. Neumáticos que arden pidiendo ayuda, y nosotros que ardemos con los ojos cerrados, soportando lo indecible, porque soñamos todo el tiempo con lugares que no estén cubiertos de tristeza. Nuestra ciudad apuñalada por el sol, por las balas. Los silencios y el vacío tras los secuestros. Pero mis muertos, a nadie le interesan. Me he vuelto experto en forzar puertas abiertas. Con las manos limpias, el corazón con rabia. Sólo tengo dentro una pena negra. Dicen que murió preguntando por mí. El sueño de las masas es la masa de los sueños.

 

ATENCO, EL BAILE NEGRO
Anoche soñé con un rostro blanco, como mi corazón antes de todo esto. Me preguntó mi nombre pero algunas cosas son pedir demasiado y guardé silencio. Me ofreció un espejo quebrado, mientras rugía furiosa la cólera de viento, azotando las orillas. Mirando mi reflejo, canté: “escapa del mar / muerto enorme / triste muerto / cuando mi cuerpo desaparezca / y se olviden de mi vida / quedará únicamente el aire frío / las ramas que crujen / el bosque ennegrecido tras el incendio”. Puede que ahora esto sea una tragedia, pero nadie va a recordarnos en doscientos años más.

Llevo tantos días sin dormir que me convertido en una estatua de sal que llora y se deshace. No sé detenerme, he tirado el carro tanto tiempo, diciéndome a mí mismo: “Ensúciate las manos, alguien debe ejecutar la suerte”. Mi elección ha sido entre una hoguera y otra hoguera. Redimir el fuego y recordarlo dibujando figuras en la arena mojada. Estoy acostumbrado a lo que arde y no a aquello que dura demasiado. Estúpida miseria que arrastras en tu espalda. hoy puedo ver tan claro. Llevo tantos días sin dormir que me convertido en una estatua de sal que llora y se deshace. “Ensúciate las manos, todo en esta vida se devuelve”.

 

VICTORIA
Me dijiste que debíamos pagar por lo que hicimos. Me gritaste que ocultar el rostro es de cobardes. Cuando dije que lo siniestro se da en el seno de lo familiar, sabías muy bien de quién estaba hablando. Y es que el dolor nos individua. Nos separa. Nos distingue del Otro. Gracias al dolor, sé que existo yo. El terror es cuando lo siniestro pone en peligro ese yo, conectándonos desesperadamente con lo sublime. Aprieta los dientes y guarda todo lo que entre. Los vencedores podrán crear mitos, pero no fabricarán nuestros recuerdos. El terror que sobrevivimos es nuestro único triunfo. Antes de abrir la puerta y terminar con esto, leí en voz alta: el olvido del dolor supone la pérdida del sentido de la comunidad humana.

Mira brillar mi rostro como un sol. Las leyes como trampas en los pies. Ya no tengo fuerzas para seguir excavando. En algún punto se debe terminar. Agujeros de balas y heridas infectadas. Madres que buscan a sus hijos y yo, anoche soñé con hermana y por primera vez, le dije: “tengo los ojos secos”. Me respondió: “la crueldad no es más que un juego”. El sol entró aquí, desesperado, porque es mentira la misericordia. Ayer hablé con hermana y por primera vez, me dijo: “despierta ya, me hacen daño el sol me está quemando”. Asestar puñales infectados. Mi corazón es un mar de cicatrices. Mis manos escarban. Mis manos te buscan. Anoche lloré junto a mi madre y por primera vez me dijo: “Eres el árbol caído que marca el inicio del bosque. Nunca fuiste cruel cuando niño. Nunca le arrancaste las alas a las moscas…” Hacer, sufrir, aprender. Hacer, sufrir y aprender.